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En estos tiempos de bulos, en que cada cual solo lee -o al menos solo procesa y acepta- aquello que coincide con sus creencias, en que incluso los artículos supuestamente científicos tienen mucho de opinión y en que encontramos sin problemas argumentos supuestamente teñidos de  veracidad en un sentido y en el contrario, en estos tiempos convulsos en que nos imbuimos de legitimidad y enarbolamos la bandera de la verdad, concluyo, una vez más, que prefiero tener paz a razón -conclusión que me llevó muchos años de mi vida-, y vuelvo a sentir, a diario, que la realidad es poliédrica y compleja, pero que la necesidad de titulares y axiomas nos hace refugiarnos en sentencias absolutas carentes de fundamento y cimientos.

Construimos realidades de una pieza, como los personajes sin matices de una teleserie de clase B.  

Aseveramos, juzgamos, concluimos, nos rodeamos de hipótesis autovalidantes y compramos todo aquello que confirme nuestro pensamiento único. Construimos nuestro mundo a nuestro antojo, a nuestra imagen y semejanza, y giramos en órbitas cada vez más pequeñitas.

Entre las “tareas” que me he marcado en estos meses, una central ha sido la de estar atenta a mis procesos.  Y, como es esperable, hete ahí que te pillas en un renuncio en cuanto te lo permites:   incluso con la labor autoasignada de tamizar todo -lo poco- que me permito recibir, toda la información dosificada que me automedico, incluso en estos tiempos (en los que soy feliz de otra manera), me la cuelan por la escuadra a la primera de cambio y en cuestiones en las que rebajo la guardia porque me resulta increíble -mentira, nada me resulta increíble- qué beneficio puede obtenerse de  divulgar una farsa.

Ya no se trata de opiniones, sino de mentiras. Daría para un sesudo análisis qué es la verdad y qué la realidad, si la verdad existe o es otra construcción, y no dejaría de ser una opinión, de nuevo.

Pero lo que está claro es que existe algo que los psicólogos sociales estudiamos desde muy pronto pero que, como cada hija de vecina, olvido con más frecuencia de la deseable en estos tiempos convulsos: la importancia de los sesgos cognitivos.

Podríamos resumir un año de carrera o algo más diciendo que funcionamos de tal manera que un tamiz interfiere en nuestra percepción alterando el procesamiento de la información que recibimos. Nuestras emociones, aprendizajes, memoria, atajos mentales, experiencias, motivaciones, influencias sociales, … se interponen entre nosotros y la “realidad”.   Hay un sinfín de sesgos cognitivos, pero en el tema que nos ocupa, si me tengo que quedar con uno, me quedo con el sesgo de confirmación, que no es más que la tendencia a averiguar o interpretar información que confirma preconcepciones. Así, afirmamos, aplaudimos y jaleamos aquello que “prueba” nuestras ideas, mientras que nos mostramos más que escépticos con las que son contrarias, considerándolas parciales -en el mejor de los casos-, interesadas o directamente mentiras cochinas.

Si al sesgo de confirmación le sumamos el de autoridad, defendiéndonos en que lo que yo elijo como verdad es “LA” verdad absoluta porque lo ha dicho cualquier fuente para mí incuestionable, ya no hay ningún margen para la duda… ni para el encuentro.

 Estamos, sin darnos cuenta, dejándonos sin alternativas: desechamos todo lo que no alimenta nuestro absoluto, y matamos las gamas de colores en pos de un monocromatismo enfermizo y triste.

Yo, que me obligo a recordarlo y que creo que me protejo, ya que he decidido no lacerarme con lecturas, visionados y escuchas hirientes para mi sensibilidad, que, en estos tiempos, decidí cuidarme y salirme de aquellos foros en que pudiera sentirme agredida o que me llevaran más energía de la estrictamente necesaria, en que decidí poner el foco en lo que me aportaba apartando el resto para, solo desde el cuidado y evitando el desgaste, poder seguir incidiendo en lo bueno y en lo que me une con muchos a los que quiero pero de los que me separa, precisamente, mi atención selectiva (mediatizada por creencias, vivencias, opiniones, deseos, influencias…) soy, como todos, víctima del sesgo cognitivo de procesar aquello que me mola, que es afín, que deseo; ahí va un ejemplo: en una de estas, mi pareja, en su paseo diario por Twitter de hace unas semanas,  me dijo que la RAE rectificaba y devolvía la tan necesaria tilde al sólo adverbio, y a mí se me desató la alegría y la razón, -la de tener razón, esa que normalmente nubla a la otra- y me quedé tan campante.

Y la semana pasada, cuando escribía el artículo, yo, que llevaba años resignada a no tildar esa palabra tan maravillosa que sigue requiriendo en alguna ocasión esa tilde para evitar equívocos, me sentí pletórica al darle a la tecla previa a la letra que me devolvía en la pantalla esa victoria en forma de tilde, y por eso acentué todos y cada uno de los “Solo” adverbio que escribí, lo requirieran o no.

Y no sé por qué, de repente, abrí Google -reino de las más atroces mentiras en el que buscamos las más ardorosas defensas para nuestras endebles verdades-, tecleé “RAE, sólo tilde” y me encontré con la horrible “verdad”: “La RAE confirma que “solo” no lleva tilde, niega cambios en su criterio”. Y así un par de noticias más… ay, me recriminé, para qué me meto yo a confirmar nada, con lo a gustito que estaba con mi noticia confirmatoria de mi deseo de la semana pasada, me caguen tó… ¿Y si me hago la loca? ¿Y si mantengo las tildes? Y, de repente, caigo: estoy cometiendo el mismo error. ¿Y si lo falso es esto, el desmentido, y lo cierto que ya el sólo se vuelve a acentuar cuando existe riesgo de equívoco? Otra falta de principiante, parece mentira… ¡Y es que no he ido directamente a la fuente a comprobarlo!, así es que a la RAE que me voy, pero el sólo no ocupa portada en su web, y como voy con prisa igual es mejor no indagar más y hacer como si nada, disfrutando del placer de poner una tilde solamente cuando sea imprescindible… 

He aquí, pues, el motivo por el que decidí mantener todos los “sólos” de aquellas líneas, que me han llevado a estas: mantenidas las tildes, pero con un asterisco explicando que tenía mis razones. Sí, mis razones. Como todos para todo. Otra cosa es que sean razones falsas. Y lo que es peor aún, que lo sepamos.

Y esto por una tilde…

 

https://www.rae.es/consultas/el-adverbio-solo-y-los-pronombres-demostrativos-sin-tilde

Ilustración: Carmen Trejo

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