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Alba Hijazi: «Hoy retomamos el rumbo y salimos desde Grecia»

Por Alba Hijazi Kennedy

No sé si esta carta llegará a tiempo. No sé si cuando estas palabras sean leídas estaremos todavía navegando hacia Gaza, o si habremos sido interceptados, silenciados, detenidos o desaparecidos bajo la sombra de la impunidad que hoy gobierna el Mediterráneo.

Villaviciosa de Odón

Escribo desde un mar que ya no parece mar. Escribo desde una frontera moral de la humanidad.

Vamos camino a Gaza con la Global Sumud Flotilla porque todavía creemos que la dignidad humana no puede negociarse, porque todavía creemos que el sufrimiento de un pueblo no puede convertirse en paisaje ni estadística ni rutina diplomática. Vamos porque Palestina no es solamente Palestina. Palestina es la pregunta definitiva sobre qué clase de humanidad somos.

Y hoy, sinceramente, no sé qué responder. Hace apenas unos días, compañeros y 22 barcos de la flotilla fueron interceptados y secuestrados en aguas internacionales europeas, en el Mediterráneo, cerca de la costa griega. Secuestrados. No por piratas. No por criminales ocultos. Sino bajo la mirada del mundo.

Europa miró. Grecia colaboró. Los gobiernos callaron. Y el derecho internacional se arrodilló una vez más ante la fuerza. Dos compañeros fueron secuestrados por las IOF y llevados a Israel mientras las instituciones internacionales emitían silencios administrativos y declaraciones vacías. Y entonces comprendí algo terrible: no estamos viviendo solamente el genocidio del pueblo palestino. Estamos viviendo el colapso moral de la civilización contemporánea.

Porque cuando un niño palestino puede ser enterrado bajo los escombros mientras el mundo debate terminología… Cuando hospitales son destruidos y la comunidad internacional pide «moderación»… Cuando periodistas son asesinados, familias enteras borradas, cuerpos mutilados, hambre utilizada como arma, y aun así, los gobiernos continúan comerciando armas, firmando acuerdos y estrechando manos manchadas de sangre, entonces el problema ya no es únicamente Palestina. El problema es la humanidad.

Villaviciosa de Odón

Tengo miedo. Claro que tengo miedo. Miedo de descubrir que la humanidad era solamente una palabra bonita escrita en tratados que nadie pensaba cumplir. Miedo de entender que los derechos humanos son privilegios geopolíticos y no derechos universales. Miedo de confirmar que hay pueblos cuya vida vale menos para este sistema colonial que todavía domina el mundo.

Pero aun así seguimos. Seguimos porque los palestinos siguen. Y porque sería obsceno rendirse frente a quienes llevan generaciones resistiendo el hambre, el exilio, el asedio, la humillación y la muerte con una dignidad que el mundo entero ha perdido.

Nosotros sentimos miedo durante días. Ellos llevan décadas sobreviviendo al horror. Nosotros tememos ser interceptados. Ellos nacen secuestrados. Nosotros tememos desaparecer. Ellos llevan generaciones siendo borrados del mapa, de la prensa, de la memoria y del derecho.

Y aun así levantan a sus hijos entre ruinas. Aun así escriben poesía. Aun así aman. Aun así resisten. Ese Sumud.

Por eso Palestina duele tanto. Porque Palestina es el último espejo moral del mundo. Y lo que cada gobierno hace frente a Palestina revela quién es realmente. No estamos navegando solamente hacia Gaza. Estamos navegando hacia el límite ético de nuestra época.

Y quiero decir algo con toda la fuerza de mi corazón: si nos interceptan, si nos detienen, si nos hacen desaparecer, si nos silencian, que nadie diga después que no sabía. Que nadie vuelva a pronunciar la palabra «humanidad» con comodidad. Que nadie vuelva a hablar de democracia, libertad o derechos humanos mientras Palestina sigue siendo sacrificada frente a todos.

La neutralidad, en tiempos de exterminio, no es neutralidad. Es complicidad. El silencio no es prudencia. Es participación. Y la historia no absolverá a quienes pudieron actuar y eligieron mirar hacia otro lado.

Hoy le hablo a la sociedad civil del mundo: despertad. Despertad antes de que la costumbre de la barbarie termine de destruirnos por dentro. Porque cuando un pueblo puede ser abandonado así, ningún pueblo está realmente a salvo. 

Le hablo también a los gobiernos, a Naciones Unidas, a la Unión Europea, a cada organismo internacional que todavía se atreve a pronunciar palabras como «derecho» o «justicia»: ¿De qué sirven sus tratados si no pueden proteger a un pueblo masacrado? ¿De qué sirven sus instituciones si el poder militar puede secuestrar civiles en aguas internacionales sin consecuencias? ¿De qué sirve el derecho internacional si solo existe para los débiles y desaparece frente a los aliados estratégicos?

La humanidad está siendo juzgada en Gaza. Y está suspendiendo el examen.

Pero todavía tengo un sueño, parafraseando aquel discurso memorable. Tengo el sueño de que un día los niños palestinos puedan dormir sin drones sobre sus cabezas. Tengo el sueño de que ninguna madre tenga que reconocer a su hijo por fragmentos de ropa entre escombros. Tengo el sueño de que el Mediterráneo vuelva a ser un puente entre pueblos y no una fosa común moral. Tengo el sueño de que la solidaridad deje de ser criminalizada y que ayudar a un pueblo hambriento no sea tratado como una amenaza. Tengo el sueño de que la justicia deje de ser selectiva. Que la dignidad deje de tener nacionalidad. Que la vida de un niño palestino valga exactamente lo mismo que cualquier otra vida sobre esta tierra.

Y sobre todo tengo el sueño de que no lleguemos demasiado tarde como humanidad. Porque Palestina no es una causa lejana. Palestina es el corazón del mundo. Y ahora mismo ese corazón está siendo destruido frente a nuestros ojos. Si Palestina cae en el olvido, caeremos todos con ella. 

Por eso seguimos navegando. Con miedo. Con dolor. Con el corazón roto. Pero también con la certeza profunda de que permanecer indiferentes habría sido infinitamente peor.

Que el mundo mire. Que el mundo despierte. Que el mundo actúe. Antes de que ya no quede nada humano que salvar. 

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