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«Lo cotidiano con otra mirada»

«Lo cotidiano con otra mirada», exposición fotográfica (Gúmer Ruiz, abril 2024)

Por Mariano Aguirre

Veía claramente una mezquita en lugar de una fábrica (Arthur Rimbaud: “Una temporada en el Infierno”).

            No es retrato. No es foto-reportaje. No es foto social o sociológica. Es foto mágica, esto es, cómo la cámara, las lentes, el tratamiento posterior y, obviamente, la mirada del fotógrafo recrean la realidad y los objetos que se dan en esa realidad y a través de los cuales se manifiesta esa realidad, dotándoles de una insospechada nueva naturaleza, insertándolos en un contexto inesperado, en definitiva transformándolos mágicamente.

            Leonardo da Vinci instaba a reparar en las manchas de humedad en las paredes, en el moho, en los desperfectos con que el tiempo va agravando la materia, en las vetas de los mármoles, etc., pues todo ello puede revelarnos paisajes, caras, cuerpos, mundos e incluso historias. Se trataría, en definitiva, de descubrir la subjetividad de las cosas, el alma de lo inanimado. Gúmer Ruiz, en esta perspectiva y en cierta medida, encauza su arte según ese consejo del pintor toscano, pero si éste anima a ver o entrever para que lo inconcreto y supuestamente irrelevante se erija en revelación, nuestro fotógrafo intenta, desde la figura y la figuración, desde el objeto concreto, y funcional, acceder a otra dimensión a través del extrañamiento de lo cotidiano. Cosas y objetos familiares y habituales, abstraídos de su cotidianeidad pasan a ser algo nuevo, algo distinto, algo desconcertante. Así, una cerilla, sobredimensionada y aislada contra un fondo neutro y homogéneo, deviene en una suerte de escultura a lo Giacometti, descarnada y exangüe. De la misma manera, un balaustre anodino, por aproximación de la imagen y por individuación del objeto, así como por desfuncionalización, se convierte en pantorrilla de mármol, en estilización de la escultura clásica.

            El mago es aquél que, mediante encantamientos, fórmulas o recursos a fuerzas demoníacas, cambia el ser de las cosas, de tal manera que el respaldo de una fea silla de plástico llegue a ser loma, duna, landa o paisaje lunar.

            El mago puede crear un mundo nuevo y, desde lo mediocre, brindarnos la trascendencia. Es el caso de aquella palmatoria ensalzada eucarísticamente en cáliz de transubstanciación, por difracción de la luz; o el de ese frutero acompañado de una tela roja, que pasan a ser tauromaquia: un estoque y una muleta.

            Las cosas, los objetos de la inmanencia, mirados de forma trascendental, se sacralizan. Es cuanto, en gran medida, expresa Pasolini a propósito del cine de Antonioni: «… mito de la sustancial y angustiosa belleza autónoma de las cosas».

            Hay también, en las fotografías de esta exposición, un afán de orden frente al caos que son la existencia y la naturaleza, de tal modo que objetos y partes de objetos «de todos los días» alcanzan la racionalidad de la verdadera arquitectura: líneas rectas y sosiego. Y esta racionalidad, la griega y sus epígonos, por bella y cerebral, es sacra, tal y como afirma Pasolini una vez más a propósito del cine de Antonioni: «Mundo fijo, sistema inmodificable, absoluto, con algo, indudablemente, de sagrado».

            Hay algo más, una especie de supra-ready made. Dentro de la perspectiva marxista, que es la que adopta André Breton para el surrealismo, el ready made se propone liberar un objeto funcional, sobre todo industrial, de su función, de su carácter práctico, de su finalidad económica para desalienarlo, esto es, devolverle la dignidad que le arrebató el sistema de producción y, a la postre, erigirlo en objeto bello y admirable, en ente per se. Objeto y obrero quedan identificados y aunados por el arte y su nueva visión estética. La teja, en la foto de Gumer Ruiz, deja de ser la parte de un tejado que cubre un edifico para transformarse en flor provista de una textura granulada muy especial. De ahí que hablemos de supra ready made pues, en la exposición que nos ocupa, el objeto, por mor de la fotografía y sus posibilidades de manipulación de la realidad, se desaliena, sí, ciertamente, pero, además, deja de ser lo que era para ser algo distinto y también hermoso. Una cucharilla de azúcar, agigantada, da lugar a una harina blanca muy fina o a un montón de sal marina en una salinera. En la obra de nuestro fotógrafo, el ready made es, ciertamente, descontextualización y liberación, pero también transformación en un nuevo objeto, trascendido, distinto, extraño (la condición de la belleza, según Baudelaire)… Mágico.

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