martes, 6 diciembre
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Décimo concierto del Festival ASISA en Villaviciosa

«El hundimiento del Titanic». Ese era el título del décimo concierto del Festival de verano de Villaviciosa de Odón. Había que conseguir el programa de mano para saber que la obra a «representar» era la de Gavin Bryars, autor británico de 79 años, maestro de Brian Eno, que alcanzó fama mundial después de que Tom Waits grabara una de sus piezas. Bastantes espectadores pensaron que podrían oír la afamada banda sonora de la película o quizás las recreaciones de diversas formaciones ligeras. Nada más lejos de la realidad.

Se colocaron 350 sillas en el Jardín Historico de Villaviciosa de Odón. Hubo al menos cincuenta personas más tumbadas en la hierba. (Fueron las más afortunadas porque pudieron seguir la música tumbados contemplando las estrellas).

El escenario se expandió unos 50 metros. En el lado izquierdo del espectador se colocaron todos los artilugios de dos percusionistas. En el otro extremo, los del director del trio Neopercusión, Juanjo Guillem. En medio, sentada sobre el borde de la fuente, se colocó la estupenda clarinetista bajo Lía Santalla. Sobre los chorros, apagados, de esa fuente se hizo un pequeño tablado para el cuarteto de cuerda. 

A las 22:33 horas, sin más presentación, apareció GÝE, un artista multidisciplinar, graduado en la Berklee, que nos puso en situación: la noche del 14 de abril de 1912 se hundió el Titanic. Y empezó el desarrollo de una obra de belleza sin par, donde los únicos momentos tonales los puso el cuarteto de cuerda cuando intervino, tres veces, tocando el espiritual «Jesus’ Blood Never Failed Me Yet». Todo lo demás fue música modal, efectos percutivos de un ingenio desbordante, ruido real de agua fluyendo, marimba, tambores… y un GÝE que rondó al público envolviéndole en un sonido espacial circular. Se infló, con una sutilidad exquisita. Tuvo sitio.

La obra duró 51 minutos ininterrumpidos. Solo se marchó el 10% del público. Ellos se lo perdieron, porque la propuesta de Mario Prisuelos, director del festival, fue algo maravillosa y más que digna de agradecer. Esto no se ve todos los días… y menos en un lugar tan inspirador. Todavía queda sitio para el buen gusto, la creatividad y el disfrute sin estrés. ¡Qué suerte haber estado allí!

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