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Al iniciarse el 2020, entre esos propósitos de inicio de año, me planteé seriamente parar el ritmo, bajar las revoluciones de una vorágine de prisas y carreras reflejada en una agenda repleta y en la sensación de que, muchas veces, caía en la ironía de no llenar el tiempo libre con ocio, sino en el error de que el ocio no fuese “tiempo libre”, convirtiéndose en otra concatenación -incluso superposición- de obligaciones planeadas con más anticipación de la cuenta, sacando entradas para conciertos con nueve y diez meses de adelanto, reservando en el sitio de moda para comer dentro de cinco meses, quedando con amigos para tres meses después porque es que, aun saliendo a cenar entre semana, imposible encontrar hueco hasta entonces, –si te cuadra igual un desayuno y así podemos vernos en cinco semanas…- locura casi obscena que, más de una vez, me provocó tener varios eventos reservados y pagados desde mucho antes coincidentes en el tiempo… y es que, claro, cómo me lo iba a perder,…

El tomar conciencia de ello, me hizo sentir algo intermedio entre la vergüenza y la culpa, esa obscenidad a la que me refiero, esa insidiosa sensación de que, al final, si me paraba y era sincera, no tenía la ilusión que determinados eventos deberían haber provocado, y todo por el exceso y la sobrecarga, por el agotamiento. Más de una vez me vi espantando la insidiosa mosca cojonera que me decía que no era de recibo, que no me apetecía nada de nada salir corriendo de la sobremesa de la comida de empresa para llegar a tiempo al concierto del siglo, pasando por una caña rápida en uno de esos “es que si no, no logramos vernos”… así que me miré con cierta severidad y me recordé que, para 2020, me pensara dos veces el sobrecargar la vida de planes, que al final, era una pena no disfrutar de lo que, en realidad, es un lujo, y tener siempre la sensación de ir corriendo.

Me recordé, en esencia, la necesidad de pararme. De escucharme. De priorizar y elegir. De decir y decirme no. Casi ná.

Así que sí, cada campanada con una uva, y en la cabeza, mis deseos para el nuevo ciclo: mucha salud, conciencia y tiempo, saber parar, estar más en casa, leer más, bajar el ritmo…

Y zasca: llega la vida y en unos meses me recuerda (me grita, me zarandea) que es importante tener cuidado con lo que se desea, que igual el universo se confabula a tu favor y te lo concede… aunque no sea exactamente de la forma en que lo pediste. (Otro aprendizaje, la importancia de “diseñar” bien el enunciado de los sueños…)

A punto de cumplirse dos meses desde que se decretó el Estado de Alarma por la crisis del COVID-19, en estos dos meses de confinamiento en que tantas emociones han cabido, tantas pequeñas etapas y vaivenes, tantas grandes desgracias, tanto dolor con nombre propio, tanta pérdida y tanto anónimo agradecimiento y empuje, en estos dos meses de “concesión” de ese deseo de inicio de año de parar el ritmo -no, así no era como lo quería…-, he de decir que, como siempre, fuera de grandes análisis y centrada en mi burbuja (los grandes análisis y lo global quedan más allá del balcón de estas líneas) me doy cuenta de que la clave de (casi) todo, además de en el reconocimiento de saberme una absoluta privilegiada y en el agradecimiento consiguiente, está en escuchar y, sobre todo, en escucharse… en poner oído dentro para poder ponerlo fuera, en atender, para decidir y hacer; en tomar el pulso de qué siento, qué quiero, qué me aporta y qué no, qué me da paz, sosiego y calma, qué me irrita, con qué hiervo, qué me nutre, qué pretendo.

No tenemos costumbre de parar, de dedicarnos el tiempo necesario para saber hacia dónde con el GPS del alma, no solemos escucharnos, aunque nuestro cuerpo grite. Quizá este parón nos ayude a agudizar el oído, ese que nos permite, ahora, escuchar y deleitarnos con trinos y silencio, esos dos tesoros casi olvidados, ese oído que, vuelto hacia dentro, igual nos ayuda a detectar el sonido de ese “click” que nos empuje a poner la atención en lo importante, sea lo que sea lo importante para cada cual.

Yo, hoy, centrada en la escucha, me conformo con no olvidarme demasiado pronto de cómo suenan los aplausos de agradecimiento, las calles sin coches, el reloj sin prisas, mi respiración cuando logro centrarme en el aquí y el ahora, la risa de los niños el primer día de calle filtrándose en la esperanza,… me conformo con ser capaz de detectar el silencio de quien no sabe pedir ayuda pero la necesita, en saber pararme un minuto y atender qué quiero yo, porque sólo escuchándome, dándome voz y no desoyendo mis necesidades, puedo tomar conciencia y fuerza, empuje y ganas, y así, en y desde mí, poner el oído, de verdad, en aquello que tú me estás diciendo.

Ilustración: CARMEN TREJO

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